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Reuben Archer Torrey, pastor norteamericano de principios del siglo XX nos presentaba en su libro “Cómo orar” una serie de obstáculos que impiden que nuestra oraciones lleguen delante de Dios. Debido a la importancia del tema transcribimos aquí esta porción de su libro. Esperamos sea de bendición.

Existen algunas cosas que impiden la oración. Dios ha aclarado concretamente en su Palabra de cuáles se trata.

1. El primer obstáculo para la oración lo encontramos en Santiago 4:3: “Pedís, y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites” (énfasis añadido).

Si nuestra oración tiene un objetivo egoísta, entonces carecerá de fuerza. Muchas de las oraciones son egoístas. Quizás, las oraciones en sí son por cosas por las que está perfecto orar, cosas que es voluntad de Dios otorgarnos, pero el motivo de la oración es completamente erróneo y, en consecuencia, la oración pierde toda su fuerza. El verdadero propósito de toda oración es la gloria misma de Dios. Si meramente pedimos recibir algo que nos otorgue placer o para nuestra propia gratificación de una u otra manera, pedimos equivocadamente y no necesitamos esperar por lo que pedimos. Esto explica por qué muchas de nuestras oraciones permanecen sin respuesta. Por ejemplo, más de una mujer ora por la conversión de su esposo. Ciertamente, orar por eso es lo más apropiado; pero en muchos casos los motivos al pedir por la conversión de su esposo son enteramente impropios, egoístas. Desean que se conviertan porque para ella es mucho más placentero tener un marido que la comprenda; o porque es muy doloroso pensar que él pueda morir y perderse para siempre.

Por motivo tan egoísta es que desea que se convierta. La oración es egoísta en esencia.

¿Por qué desearía una mujer la conversión de su marido? Principalmente y por sobre todas las cosas, para la gloria de Dios; porque no puede concebir la idea de que su marido deshonre a Dios Padre al pisotear al Hijo de Dios. Muchos oran para despertar su fe. Este tipo de oración le agrada a Dios, está en línea con su voluntad; pero muchas plegarias por este reavivamiento son puramente egoístas .. Las iglesias desean estos reavivamientos para que aumente la cantidad de fieles, para que la iglesia tenga una posición de mayor poder e influencia en la comunidad, para que se llene el tesoro de la iglesia, para que se haga un buen informe en el presbiterio, en la conferencia o en la asociación. Por fines tan bajos, tanto las iglesias como los ministros muchas veces oran por este reavivamiento; y también, muchas veces Dios no responde a estas oraciones.

¿Por qué debemos orar por un reavivamiento? Para la gloria de Dios, porque no podemos soportar el hecho que Dios continúe siendo deshonrado por la frivolidad de la iglesia, por los pecados de quienes no creen, por la orgullosa falta de fe de hoy; porque se hace de La Palabra de Dios algo vacío; debemos orar para que Dios sea glorificado por el torrente de su Espíritu sobre la Iglesia de Cristo. Por estas razones, principalmente y por sobre todas las cosas, es que debemos orar por el reavivamiento de nuestra fe.

Más de una oración por el Espíritu Santo es puramente egoísta. Es verdad que es voluntad de Dios entregarles el Espíritu Santo a quienes se lo pidan; así lo dijo Él mismo en su Palabra (ver Lucas 11:13), pero muchas de las oraciones que piden por el Espíritu Santo son obstaculizadas por el egoísmo del motivo que se esconde detrás de ellas. Hombres y mujeres oran pidiendo el Espíritu Santo por su propia felicidad o para ser salvados de la desgracia de la derrota en sus vidas, para obtener poder como obreros cristianos o por otro motivo igualmente egoísta.

¿Por qué debemos orar al Espíritu? Para que Dios no siga siendo deshonrado por el bajo nivel de nuestra vida cristiana o la ineficiencia en el servicio, para glorificar a Dios con la nueva belleza que llega a nuestras vidas y la nueva fuerza que llega a nuestro servicio.

2. El segundo obstáculo para la oración lo encontramos en Isaías 59:1-2: “He aquí que no se ha acortado la mano de Jehová para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír”. El pecado obstaculiza la oración. Muchos oran y oran y no obtienen respuesta alguna a su oración. A lo mejor están tentados a pensar que no es la voluntad de Dios responderles, o creen que se acabaron los dfas en los que Dios respondía las oraciones, si es que alguna vez existieron dichos días. Yeso parecería ser lo que pensaron los israelitas. Creyeron que la mano del Señor era demasiado corta, que no podía salvarlos, y que su oído se había vuelto sordo y que ya no podía oír. “No es así -dijo Isaías-, el oído de Dios está justo tan abierto como para oíros como siempre, su mano tan poderosa como para salvar; pero hay un obstáculo. Ese obstáculo es sus propios pecados. Sus iniquidades los han separado de su Dios, y sus pecados les han escondido el rostro de Dios, por eso no los oirá.”

Esto es lo que sucede en la actualidad. Muchos imploran a Dios en vano, simplemente a causa del pecado en sus vidas. Debe haber algún pecado inconfeso y sin juzgar en el pasado, debe haber algún pecado en el presente que es algo que la persona atesora, y muy probablemente no lo considera pecado; pero tal pecado existe, escondido en alguna parte, en el corazón o en la vida, y Dios “no oirá”.

Quien encuentre sus oraciones sin efecto no debería concluir que aquello que pide de Dios no es acorde a su voluntad, sino que debería orar en soledad a Dios junto con el salmista: “Examíname, oh Dios, y conoce mi corazón; pruébame y conoce mis pensamientos; y ve si hay en mí camino de perversidad, y guíame en el camino eterno” (Salmo 129:23-24) y esperar ante El hasta que apunte con su dedo hacia aquello que es desagradable a sus ojos. Entonces, debe confesar y quitar su pecado.

Recuerdo bien una oportunidad en mi vida, cuando oraba por dos cosas específicas que creía que debía tener, o Dios sería deshonrado; sin embargo, la respuesta no venía. Desperté en el medio de la noche con un dolor físico muy fuerte y gran inquietud en el alma. Imploré a Dios por estas cosas, razoné con Él sobre cuán necesario era que las consiguiera, y que las consiguiera en ese momento; pero no hubo respuesta. Le pedí a Dios que me mostrara si había algo malo en mi vida.

Se me ocurrió algo que ya antes me había ocurrido con frecuencia, algo concreto, pero que yo negaba a confesarlo como pecado. Me dirigí a Dios: “Si lo que está mal es esto, lo abandonaré”; pero seguí sin recibir respuesta. En lo más profundo de mi corazón, aunque nunca lo había admitido, sabia que eso estaba mal.

Finalmente dije: “Esto está mal. He pecado. Lo abandonaré”. y encontré la paz Al poco tiempo, dormía como un niño. Por la mañana desperté sin dolor físico alguno, y el dinero que tanto necesitaba para honrar el nombre de Dios, llegó.

El pecado es algo horrible, y una de las cosas más horribles del pecado es la manera en que obstaculiza la oración, la manera en que rompe la conexión entre nosotros y la fuente de toda gracia, de toda fuerza y bendición. Cualquiera que tenga fuerza en la oración debe ser despiadado al tratar con sus propios pecados. “Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no me habría escuchado” (Salmo 66: 18).

Mientras continuemos en el pecado o en con Dios, no podemos esperar que El preste atención a nuestras oraciones. Si hay algo que aparece constantemente en los momentos de íntima comunión con Dios, que es lo que nos impide la oración, alejémoslo.

3. Encontramos el tercer obstáculo para la oración en Ezequiel 14:3: “Hijo de hombre, estos hombres han puesto sus ídolos en su corazón, y han establecido el tropiezo de su maldad delante de su rostro. ¿Acaso he de ser yo en modo alguno consultado por ellos?” Los ídolos en el corazón hacen que Dios se niegue a escuchar nuestras oraciones.

¿Qué es un ídolo? Un ídolo es cualquier cosa que tome el lugar de Dios, cualquier cosa que sea el objeto supremo de nuestro afecto. Solo Dios tiene derecho a ocupar el lugar supremo en nuestro corazón. Cualquier otra cosa o cualquier otra persona deben estar subordinadas a Él.

Más de un hombre hace de su esposa un ídolo. Ningún hombre puede amar a su esposa más que demasiado, pero sí, puede ubicarla en el lugar incorrecto, puede ponerla antes que a Dios; y cuando el hombre considera el placer de su mujer antes que el placer de Dios, cuando le brinda a ella el primer lugar y a Dios el segundo, su esposa es un ídolo, y Dios no puede oír sus oraciones.

Más de una mujer hace de sus hijos un ídolo. No quiere decir que amemos a nuestros hijos demasiado. Cuanto más amemos a Cristo, más amaremos a nuestros hijos; pero podemos poner a nuestros hijos en el lugar incorrecto, podemos ubicarlos antes que a Dios, o sus intereses antes que los intereses de Dios. Cuando actuamos de esta manera, hacemos de nuestros hijos, ídolos.

Muchos hombres hacen un ídolo de su reputación o sus negocios. La reputación o los negocios son ubicados antes que Dios. Dios no puede oír las plegarias de dicho hombre.

Debemos responder una gran pregunta: si tuviéramos fuerza en la oración ¿está Dios absolutamente primero? ¿Está Él antes de nuestra esposa, de nuestros hijos, de nuestra reputación, de nuestros negocios? De no ser así, la oración elevada es imposible de que sea contestada.

A menudo Dios nos llama la atención por el hecho de que tenemos un ídolo, y lo hace no respondiendo nuestras oraciones; de este modo, nos induce a replantearnos por qué nuestras oraciones no son respondidas, y que descubramos al ídolo, lo alejemos y, entonces, Dios oiga nuestras oraciones.

4. El cuarto obstáculo para la oración lo encontramos en Proverbios 21:13: “El que cierra su oído al clamor del pobre, también él clamará, y no será oído”.

Quizás no exista mayor impedimento para la oración que la tacañería, la falta de generosidad ante los pobres y ante la obra de Dios. Es aquel que da generosamente a los demás quien recibe con generosidad de Dios: “Dad, y se os dará; medida buena, apretada, remecida y rebosando darán en vuestro regazo; porque con la misma medida con que medís, os volverán a medir” (Lucas 6:38). El hombre generoso es el orador potente. El hombre tacaño es el orador sin fuerza.

Una de las frases más maravillosas sobre la oración que prevalece (ya citada anteriormente): “Y cualquiera cosa que pidiéremos la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él” (1 Juan 3:22, énfasis añadido), se pronunció en relación directa con la generosidad para con los necesitados. En el contexto, se nos dice que cuando amamos, no con palabras, sino con hechos y de verdad, cuando abrimos nuestros corazones hacia nuestro hermano necesitado, es ahí y solo ahí cuando confiamos en Dios con la oración.

Más de un hombre o mujer que busca encontrar el secreto de la falta de poder en sus oraciones, no necesita buscar lejos; no es ni más ni menos que mera tacañería. George Müller, a quien ya nos referimos, era un hombre de oración potente, porque era muy bondadoso. Nunca se quedaba con lo que Dios le daba, sino que inmediatamente se lo pasaba a los demás. Recibía constantemente porque daba constantemente. Cuando pensamos en el egoísmo de la iglesia actual, en cómo las iglesias ortodoxas no alcanzan un promedio de $ l.= anual por miembro para las misiones extranjeras, no hay que preguntarse por su falta de poder en la oración. Si recibimos algo de Dios, debemos dar a los otros.

Quizás la promesa más maravillosa de la Biblia respecto a la entrega de Dios para nuestras necesidades, se encuentra en Filipenses 4:19: “Mi Dios, pues, suplirá todo lo que asfalta conforme a sus riquezas en gloria en Cristo Jesús”. Esta gloriosa promesa fue hecha a la iglesia filipense, y en relación directa con su generosidad.

5. El quinto obstáculo para la oración está en Marcos 11:25: “Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas”. Un espíritu que no perdona es uno de los obstáculos más comunes para la oración. La oración es respondida sobre la base de que nuestros pecados sean perdonados; y Dios no puede relacionarse con nosotros basándose en el perdón, cuando nosotros albergamos mala voluntad contra aquellos que han sido injustos con nosotros.

Aquel que guarda rencor hacia otro ha cerrado el oído de Dios para su propio pedido. Cuántas personas hay que imploran a Dios por la conversión de su esposo, hijos, amigos … y se preguntan por qué su oración no es respondida, cuando el secreto se encuentra en el rencor que albergan en sus corazones hacia alguien que los haya lastimado, o que imaginan que los ha lastimado. Muchos padres y madres permiten que sus hijos pasen a la eternidad sin salvación, por la mísera gratificación de odiar a alguien.

6. Encontramos en 1 Pedro 3: 7 el sexto obstáculo para la oración: “Vosotros, maridos, igualmente, vivid con ellas sabiamente, dando honor a la mujer como a vaso más frágil, y como a coherederas de la gracia de la vida, para que vuestras oraciones no tengan estorbo”. Aquí nos dice sencillamente que la relación inapropiada entre marido y mujer es un obstáculo para la oración.

Una y otra vez las oraciones de los maridos son obstaculizadas por su propia falla en el debido trato para con su mujer. Por otro lado, es sin duda cierto que las oraciones de las mujeres son obstaculizadas por su falta del trato adecuado para con sus maridos. Si marido y mujer buscaran diligentemente encontrar la causa de sus oraciones no respondidas, a menudo la encontrarían en la relación con su cónyuge.

Más de un hombre que tiene grandes presunciones de piedad, que es miembro muy activo en la obra cristiana, pero muestra poca consideración por el trato hacia su mujer, y es generalmente ingrato, si no bruto, se preguntará, entonces, por qué sus oraciones no son respondidas. El versículo que hemos citado explica el aparente misterio.

Por otra parte, la mujer muy devota de la iglesia que con mucha fe atiende todos los servicios pero trata a su marido con la más imperdonable falta de atención, es colérica e irritable para con él, lo hiere con la brusquedad de sus palabras y con su temperamento ingobernable, y luego se preguntará por qué no hay poder en sus oraciones.

Existen otras cosas en las relaciones entre marido y mujer de las que no puede hablarse públicamente, pero que, sin dudas, constituyen un obstáculo para el acercamiento a Dios mediante la oración. Hay mucho pecado oculto bajo el sagrado nombre del matrimonio, que es la causa de la muerte espiritual y de la falta de poder en la oración. Todos los hombres y mujeres cuyas oraciones parecen no ser respondidas, deberían desplegar toda su vida matrimonial ante Dios, y pedirle a Él que ponga su dedo sobre lo que encuentre desagradable ante su vista.

7. El séptimo obstáculo aparece en Santiago 1: 5-7: “Y si alguno de vosotros tiene falta de sabiduría, pídala a Dios, el cual da a todos abundantemente y sin reproche, y le será dada. Pero pida con fe, no dudando nada; porque el que duda es semejante a la onda del mar, que es arrastrada por el viento y echada de una parte a otra. No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor”.

Las oraciones se ven obstaculizadas por la falta de fe. Dios nos ordena que creamos absolutamente en su Palabra. Si la cuestionamos convertimos a Dios en un mentiroso. Muchos de nosotros lo hacemos al suplicar sus promesas, y no es de extrañar que no haya respuesta a nuestra oración. ¡Cuántas oraciones son obstaculizadas por nuestra maldita falta de fe! Nos dirigimos a Dios para pedirle por algo que está prometido en su Palabra, y luego no esperamos conseguirlo; “No piense, pues, quien tal haga, que recibirá cosa alguna del Señor”.

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