Al delimitar el tema de la predicación por medio de una definición podemos hallar diversos acercamientos, todos muy importantes y útiles. Aquí tenemos algunas definiciones dadas. La predicación es:

  • Una interpretación oral de la Palabra de Dios a su pueblo reunido a través de la cual habla y obra en sus vidas (E. Achtemeier)
  • Un mensaje cuya estructura y pensamiento derivan de un texto bíblico, que cubre el enlace del texto y que explica sus características y su contexto para revelar los principios duraderos para pensar, vivir y adorar con la fidelidad que el Espíritu, quien inspiró el texto, quiso comunicar. (B. Chapell)
  • La explicación autorizada del Espíritu y la proclamación del texto de la Palabra de Dios con la debida atención al significado histórico, contextual, gramatical y doctrinal del pasaje dado, con el objeto específico de invocar una respuesta transformadora de Cristo. (Stephen Olford)
  • Es explicar un pasaje de manera tal como para guiar a la congregación a una aplicación verdadera y práctica del mismo. (W. Liefeld)
  • Interpretación teológica de la vida, preferiblemente en el contexto del culto cristiano. (P. Jiménez)

Existe una más y que nosotros la acogeremos por considerar que es la que más se adapta a lo que hemos venido diciendo más arriba. Se trata de la definición de Orlando Costas quien dice que la predicación tiene que ver con “compartir a Cristo con otras personas y así introducirlas a una relación íntima con Dios”. El aporte que nos dan los planteamientos anteriores puede ser resumido con el contenido de la predicación y la importancia de nuestra fidelidad al mismo. Así también nos recuerda la importancia de reconocer el perceptor de nuestro mensaje, sus presupuestos e inquietudes. Quizás sea la última definición la que más difiere del resto. Se trata, para Pablo Jiménez de la interpretación, no del texto bíblico sino del texto de la vida creyente en base a la lente del texto sagrado. Se trata, como veremos más delante de un cambio o inversión que se ha venido gestando a lo largo del siglo XX en la reflexión teológica de la predicación.

La predicación debe llevarnos a un encuentro con Jesucristo. Para nosotros esta es la meta fundamental de la predicación cristiana. Evidentemente, la predicación posee elementos éticos pero estos, a su vez parten del encuentro con Jesucristo, no son previos al mismo.

Ahora bien, nuestro acercamiento a Jesucristo sólo es posible a partir de un acercamiento interpretativo al texto que nos habla de Él, es decir, la Biblia. Es por ello que no podemos predicar sin anclar nuestras reflexiones al texto bíblico. La labor de los predicadores se relaciona, entonces, con recorrer el camino de vuelta a Cristo, a través del texto, estableciendo un puente con otra cultura (la bíblica) y transmitiendo el mensaje cristocéntrico qe extraemos de allí a la gente de la actualidad en términos que sean comprensibles para ellos.

En el esquema que tenemos arriba podemos ver sucintamente expuesto el proceso que nos lleva del Texto a Jesucristo y de vuelta a la Congregación.

En este esquema encontramos dos círculos representando los dos contextos culturales que necesitamos conectar: El bíblico y el contemporáneo. Vemos que en el centro del primer círculo se halla Cristo. Esto es puesto que Cristo, al encarnarse se presentó en un contexto cultural específico y habló en medio de dicho contexto. Cuando los discípulos decidieron contar la historia de Jesús lo hicieron usando ese bagaje cultural que les daba el contexto histórico en el que vivieron. A su vez, cuando decidieron poner por escrito el mensaje bíblico, lo hicieron en términos de dicho contexto. Esto quiere decir que expresaron el mensaje de Jesucristo usando la cultura de su tiempo y esto incluye el lenguaje.

Ahora, cuando nosotros nos acercamos al texto bíblico lo hacemos desde nuestro propio contexto cultural del siglo XXI. Esto puede ser contraproducente pues podemos malentender o malinterpretar el texto bíblico pues no lo estamos leyendo a través de los lentes del contexto cultural que usaron quienes escribieron el texto.

Este problema se soluciona en parte por medio de una Análisis del contexto. Sea en la Biblia o sea fuera de ella buscamos elementos que nos permitan entender el contexto cultural de Jesucristo así como de los redactores del texto Bíblico.

Teniendo en cuenta este contexto cultural en mente hacemos un análisis del texto bíblico. Intentamos “ponernos en los zapatos” de los destinatarios del texto bíblico. Este acercamiento nos permite superar, en parte, la distancia cultural y llegar hasta el mensaje bíblico y, a través de él, a Cristo.

El siguiente paso podríamos decir que es el propiamente homilético. Llevamos aquel mensaje a la congregación a la que vamos a predicar. Evidentemente, la comunicación de dicho mensaje a la cultura contemporánea amerita que seamos también buenos exégetas de nuestra cultura de modo que aquel mensaje arcaico de hace dos mil años cobre vida en nuestra cultura.

Los tres pasos del Sermón

O. Costas considera al sermón como un discurso que tiene por objetivo persuadir. Esto lo introduce de lleno en la temática de la retórica. Ahora bien, dentro de esta rama, Cicerón distinguía tres momentos en la invención de todo discurso:

  1. Invención.- ¿Qué decir?
  2. Disposición.- ¿En qué orden decirlo?
  3. Elocución.- ¿Cómo decirlo?

La Invención

Efectivamente, encontrar y decidir lo que se ha de decir es sin duda importante y algo así como el alma del cuerpo” (Cicerón). La invención es el primer paso de toda disertación. En este paso, indagamos todo lo necesario referente al tema que debemos tratar. Debe conocer los puntos fundamentales referentes al tema que se halla analizando. De tratarse de un discurso clásico, deberá conocer los argumentos a favor y en contra de su propuesta. De este modo se podrá hacer una idea general del tema y, hasta cierto punto se volverá un experto en el tema que va a tratar1.

En el caso de la predicación, el tema general nos es dado de antemano (Cristo) aunque podemos variar en base a las posibilidades concretas de cada texto que seleccionemos.

Así, por ejemplo, si nos avocamos a tratar un texto como Romanos 13:1, un análisis completo del libro de Romanos nos permitirá encuadrar dicho texto dentro de su contexto y de este modo, nos permitirá constatar el papel que este tema (la autoridad) desempeña en el ámbito del seguimiento de Cristo. De todos modos, sin perder de vista el trasfondo cristológico del contexto, podemos centralizar nuestra reflexión en el tema de la autoridad como tal.

Quizás debamos aclarar que esto no implica que nuestra disertación pueda tomar el texto como pretexto para exponer nuestras propias convicciones respecto de la autoridad. Es aquello que el texto plantea sobre la autoridad lo que debe ser expuesto.

Si el texto es oscuro, o nos parece que se halla en conflicto con otros textos de la Biblia, es necesario hacer un análisis más amplio, considerando aquellos otros textos que tratan directa o indirectamente sobre nuestra temática.

Quizás el mayor problema se dé cuando finalicemos la tarea del análisis y nos dispongamos a llevar a nuestra congregación aquel alimento espiritual. Muchos podemos ser tentados de llevar al sermón todo lo que hemos descubierto en los análisis. Esto es contraproducente pues avasalla al auditorio de información que en menos de 24 horas habrá olvidado y le quita fuerza al tema central. Es mejor dar varios golpes a un solo clavo que dar un golpecito a cientos de clavos.

Es necesario seleccionar de entre el material que ha sido compilado aquello que es necesario y separarlo de aquello que nos es útil. Lo primero es aquello sin lo cual el objetivo central no puede ser logrado. Lo segundo son aquellos elementos útiles para el investigador bíblico para que pueda tener una mejor panorámica del tema.

Por otro lado, es necesario también ser muy meticulosos en la selección del texto bíblico que usemos para la predicación. En la selección del texto bíblico o de la temática a ser expuesta, el predicador debe ser consciente de las necesidades e inquietudes de la congregación. Debe reflexionar en las problemáticas que afectan a la población del sector. Debe conocer aquellos problemas que afectan a la congregación aunque esta no sea del todo consciente de ellos. En fin, debe tener en cuenta a su población objetivo el momento de seleccionar los textos bíblicos que usará para su predicación.

Valdría tan sólo añadir a esto que es adecuado preparar con antelación un programa de sermones que provea a la congregación de un alimento espiritual surtido y nutritivo para sus almas. Esto nos evita perder el tiempo pensando cada semana sobre qué predicar y a su vez nos ayuda a equilibrar nuestra predicación entre diversas temáticas.

La disposición

El buen orador, decía Ciceron, “una vez que haya encontrado lo que va a decir, ordenará estas ideas con gran diligencia” (Cicerón). Dentro de la predicación bíblica tenemos dos extremos en este ámbito. Hay quienes opinan que la disposición de los argumentos o ideas de un sermón deben ser en el mismo orden que el que se halla en el texto bíblico. Por otro lado hay quienes prefieren desentenderse por completo del orden de argumentación del texto bíblico.

Un vistazo al modo en que han sido ordenadas las ideas en el texto bíblico puede ser muy útil, no obstante, no debe volverse una camisa de fuerza. Debemos recordar que lo fundamental de nuestra exposición es el resultado final, la consecución del o los objetivos que se han propuesto en un inicio. Hay textos bíblicos –mayormente las cartas de Pablo- en los que el autor realiza una pormenorizada lista de argumentos a favor de su idea con el fin de persuadir a los oyentes de vivir de determinada manera. En muchas ocasiones, los argumentos que son dados, son pensados en función de la población objetivo a la que esta disertación se dirige. Sin embargo, nuestra población objetivo, no se halla agobiada por judaizantes, ni se halla afincada en los textos veterotestamentarios de tal modo que su única fuente de verdad sean los relatos que vienen de allí. Usar los mismos argumentos sería contraproducente si los usamos para hablar a personas que nunca han oído los relatos del Antiguo Testamento, por ejemplo. Es evidente, que en este caso, podría ser más importante descubrir el objetivo final del autor para, en base a él, desarrollar nuestra propia secuencia argumentativa.

La elocución

Después de la invención, la elocución es quizás el elemento más difícil de la predicación. Dice al respecto Lloyd Perry:

El primero y más urgente de los problemas de quien habla en público es el de hacer[se] entender. En el logro de esta meta de la comunicación oral a nivel público no hay elemento de la retórica más difícil de dominar que el estilo, con la salvedad de la invención. El presidente estadounidense Jefferson dijo una vez que, “aparte del bautismo del Espíritu Santo, el don más indispensable para todo predicador es el del dominio de su idioma. No debe retaceársele tiempo alguno al perfeccionamiento del estilo del predicador” (Perry, 1976: 51).

Si esto era cierto en los tiempos de Agustín, de Lutero o de Spurgeon, lo es aún más en nuestras tiempos. La sociedad contemporánea presente grandes desafíos para el predicador.

1 En el caso de la predicación el mayor problema es el tiempo pues se trata de preparar una exposición bíblica cada semana por lo que no se cuenta con el suficiente tiempo como para profundizar lo suficiente en el texto que se ha de predicar. De todos modos, la ventaja se halla en el hecho de que nuestro texto de base para todas nuestras disertaciones siempre será la Biblia por lo que podemos seguir especializando en ella a medida que seguimos predicando semana tras semana sobre la base de su contenido.

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